Abajo se extendían filas y palcos. El escenario también se veía a perfección. Pero la pareja permanecía invisible para los ojos ajenos ya que su cabina rozaba el techo y la luz deslumbrante de lámparas laterales cegaba cualquier mirada dirigida hacia...
“Perdón” – dijo a un hombre alto, indiferente a la bulla a su alrededor, inmóvil como un monumento. La joven seguía con la vista clavada en la ventana y de repente una voz electrizante le susurró al oído: “¿Cúanto vales, preciosa?”
El actor tenía hechizadas a todas las mujeres. La sala diminuta permitía observar la función muy de cerca… demasiado. Eva se sentía indefensa, expuesta a la mirada lujuriosa de aquel “hombre fatal”.