Saqué el gel lubricante de la bolsa de la farmacia y lo coloqué encima de la mesa, para decirle en un tono de voz que no ofreciera dudas: “ven, acércate”. Ella se quedó paralizada, se apreciaba el delicioso rubor de sus mejillas y un ligero temblor s...
La coloqué de bruces sobre mis rodillas y con la mano desnuda empecé a azotar sus carnosas nalgas de forma suave, continuada y rítmica. Inicialmente, ella intentó adoptar una actitud de indiferencia, como si no pasase nada.
Ella seguía insultándome y pataleando como una loca, y yo proseguía con la tunda de azotes, advirtiéndole que no pararía hasta que dejase moverse, cesase en sus insultos, me pidiera disculpas y se dejará aplicar el supositorio.