Cuando lo conocí se clavaron nuestras miradas, nunca había visto el mar de tan cerca, unos ojos azules preciosos, que parecían penetrar hasta el fondo de mi alma.
Las cogidas que le daba su “noviecito” a la sirvienta me ponían verdaderamente a cien grados centígrados y quería experimentar en carne propia esa cogida espectacular.
Después de lo que había visto entre Alan y su padre, tenía la sensación de que se habían terminado los límites y que mi adolescencia había dado paso a una etapa en mi vida, donde solo quería conocer el placer de los adultos, el placer que se experime...