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Esa noche de sábado Blanca cenó atendida por Claudia, después le dio una buena nalgueada sobre sus rodillas por el mero placer de hacerlo, la hizo ir al baño para que orinara y finalmente se la llevó desnuda y en cuatro patas hacia la despensa. -¡No, señora! ¡No me encierre! ¡Por favor! –suplicó la joven advirtiendo lo que le esperaba. Blanca, sin inmutarse, abrió la puerta, la empujó dentro y le dijo:
-Ahí te quedás hasta mañana. |