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Sally la maga:
"El infierno puede ser divertido si vamos todos juntos".
No resistí la tentación de incluir esta preciosidad de León Felipe.
Saludos.
Vamos hacia el infierno
El grito suena bien en el vientre de la cueva,
el salmo, bajo el mediodía de los templos,
y la canción en el crepúsculo.
El grito es el primero.
Hay un turno de voces,
yo grito, tu rezas el canta,
el grito es el primero,
y hay un turno de bridas,
el las lleva, tu las llevas, yo las llevo,
y a la hora de las sombras subterráneas,
la blasfemia reclama sus derechos.
Los caballos piafan ya enganchados
y la carroza aguarda;
¿quién la lleva?
yo, el blasfemo;
yo la llevo,
yo llevo hoy la carroza,
yo la llevo.
Este es el poeta,
tu eres el salmista,
ese es el que llora,
tu eres el que grita,
yo soy el blasfemo;
yo la llevo,
yo llevo hoy la carroza,
yo la llevo.
Arriba,
subid todos,
vamos hacia el infierno.
La ahijada tiene su ritmo
y la traílla
y el grito
y el aullido
y la blasfemia del cochero;
arre, arre;
músicos,
poetas y salmistas,
obispos y guerreros,
voy a cantar
vida mía,
vida mía,
ay, ay, ay;
vida mía,
vida mía,
tengo un ojo pitañoso y el otro con ictericia;
vida mía,
vida mía,
ay, ay, ay;
esta es mi copla,
la copla de mi carne,
la copla de mi cuerpo;
más si mis ojos están sucios
los vuestros están ciegos.
Músicos,
poetas y salmistas,
obispos y guerreros,
voy a cantar otra vez
el viejo rey de Castilla,
ay, ay, ay,
el viejo rey de Castilla,
tiene una pierna leprosa
y la otra sifilítica,
el viejo rey de Castilla,
ay, ay, ay,
esta es la copla de mi tierra,
la copla de mi reino;
más si mi reino está podrido,
su espíritu es eterno.
Músicos,
poetas y salmistas,
obispos y guerreros,
llevadme de nuevo el compás
en los cuernos de la mitra,
ay, ay, ay,
en los cuernos de la mitra
hay una plegaria verde
y otra plegaria amarilla,
en los cuernos de la mitra,
ay, ay, ay,
esta es la copla de mi alma,
de mi alma sin templo
porque la bestia negra apocalíptica
lo ha llenado de estiércol;
tres veces cantó el gallo,
tres veces negó Pedro,
tres veces canto yo,
por mi carne,
por mi patria
y por mi templo;
por todo lo que tuve y ya no tengo.
Vamos bien,
No hemos errado el sendero.
Conjugad otra vez,
Este es el poeta,
tu eres el salmista,
ese es el que llora,
tu eres el que grita,
yo soy el blasfemo;
¿y el sabio, donde está el sabio?
he tu que sabes lo que pesan las piedras y lo que corre el viento,
¿cuál es la velocidad de las tinieblas y la dureza del silencio?;
no contestas,
pues las bridas son mías
yo la llevo,
yo llevo hoy la carroza,
yo la llevo.
Músicos,
poetas y salmistas,
obispos y guerreros,
dejadme todavía preguntar
¿quién ha roto la luna del espejo?
quien ha sido,
la piedra de la huelga,
la pistola del gangster
o el tapón del champaña que disparó el banquero;
quien ha sido,
el canto rodado del poeta,
el reculón del sabio
o el empujón del necio;
quien ha sido,
la vara del juez,
el báculo o el cetro;
quien ha sido,
nadie sabe quien ha roto la luna del espejo,
pues las bridas son mías,
adelante,
arre, arre,
vamos hacia el infierno;
y para hacer más corta la jornada
ahora cantaremos en coro
y cantaremos las coplas del gran conserje Pedro;
yo llevaré la voz cantante
y vosotros el estribillo
con lúgubre ritmo de alegreto.
Copla.
vino la guerra,
y para hacer obuses y torpedos
los soldados
iban recogiendo todos los hierros viejos de la ciudad,
y Pedro, el gran conserje Pedro
le dijo a un soldado
tomad esto y le dio las llaves del templo.
Estribillo.
Pedro, Pedro,
el gran conserje Pedro,
que ha vendido las llaves del templo.
Copla.
Pedro,
Te dijo el Señor en los olivos,
cuando heriste con tu espada al siervo,
mete esa espada en la vaina,
que yo sé a lo que vengo,
y la metiste
con las cajas de caudales en el templo.
Estribillo.
Pedro, Pedro,
el gran conserje Pedro,
amigo de soldados y banqueros.
Copla.
Y ahora tenemos que ir al cielo
dando un gran rodeo
por el camino del infierno,
cavando un largo túnel en el suelo
y preguntando a las raíces y a los topos
porqué ya no hay campanas ni espadañas, Pedro
y los pájaros, todos tus pájaros se han muerto..
Estribillo.
Pedro, Pedro,
todos tus pájaros se han muerto.
Sin embargo, señores,
yo no soy un escéptico,
y hay unas cuantas cosas en que creo,
por ejemplo,
creo en el sol,
en el diluvio y en el estiércol,
en la blasfemia,
en las lágrimas y en el infierno,
en la guadaña,
en la piedra redonda del amolador
y en la piedra redonda del viejo molinero
y en el hacha
que derriba los árboles y descuartiza los salmos y los versos;
en la locura y en el sueño,
y en el gas de la fiebre
también creo,
en ese gas ingrávido, expansivo y deletéreo,
antifilosófico, antidogmático y antidialéctico
que revienta los globos,
los grandes globos,
los globitos y el cerebro;
y creo que hay luz en el rito,
luz en el culto y luz en el misterio;
creo que el agua se hace vino
y sangre el vino,
sangre de Dios y sangre de mi cuerpo;
creo que el trigo se hace harina
y carne la harina,
carne de Dios y carne de mi cuerpo;
creo que un hombre honrado,
cuando nos da su pan,
tiene el cuerpo de Cristo entre los dedos,
y creo que en el Cáliz y en la Hostia,
hoy
no hay más que babas del gran conserje Pedro;
este es mi credo
y pronto será el vuestro,
ya lo iréis aprendiendo;
con él entraremos por la puerta norte
y saldremos por el postigo del infierno.
El infierno no es un fin,
es un medio;
nos salvaremos por el fuego
y no es un fuego eterno,
pero es, como las lágrimas,
un elevado precio
que hay que pagar a Dios,
sin bulas ni descuentos,
para entrar en el reino de la luz,
en el reino de los hombres,
en el reino de los héroes,
en el reino
que vosotros habéis llamado siempre
el reino beatífico del cielo.
Vamos allá.
¿Estamos todos?
Hagamos el último recuento
este es el salmista,
el que deshizo el salmo cuando dijo con ira y sin consejo,
tu eres el dios que venga mis agravios y sujeta debajo de mi pueblo;
y este es el poeta luciferino,
el que inventó el poema esterilizado y antiséptico
y guardó en autoclaves la canción, puritano, orgulloso y fariseo;
eh, puristas y estetas, aún no está limpio vuestro verso
y su última escoria ha de dejarla en los crisoles del infierno.
Aquí van los artistas sodomitas,
los pintores bizcos y los poetas inversos;
no lloréis, pero no digáis tampoco que la luz y el amor
se ven mejor torciendo la mirada y el sexo;
ni llanto ni ufanía,
vamos al gran taller,
a la gran fragua donde se enderezan los entuertos.
Aquel es el que grita, el hombre de la furia;
y aquel otro el que llora, el hombre del lamento,
allá va el rey leproso y sifilítico,
este es el bobo intrépido
y este es el sabio tímido
cargado de tarjetas y de miedo,
ni para decir e pursi muove
le ha quedado resuello;
aquí va el juez y el gangster los dos juntos en el mismo verso;
este es el presidente demócrata . . . y guerrero
que desnudó la espada en el verano
y debió desnudarla en el invierno;
hay del que se armó tan solo para defender su granero
y no se armó para defender el pan de todos primero;
hay del que dice todavía
nos proponemos conservar lo nuestro, allí va el demagogo;
aquel es el banquero,
estos son los cristianos que ahora se llaman los cristeros,
y este es el hombre de la mitra,
la bestia de dos cuernos,
el que vendió las llaves . . .,
el gran conserje Pedro;
aquí van todos
y aquí voy yo con ellos,
aquí voy yo también,
yo,
el hombre de la galla,
el de los ojos sucios,
el blasfemo;
si,
ahora ya sin hogar y sin reino,
sin canción y sin salmo,
sin llaves y sin templo;
yo la llevo,
yo llevo hoy la carroza,
yo la llevo.
Se va del salmo al llanto,
del llanto al grito,
del grito al veneno;
arre, arre,
y se gana la luz desde el infierno.
León Felipe
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