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No dejaba de pensar en lo que había sucedido con Luís la tarde de la boda y no paraba de decirme a mi mismo que aquello había sido algo que había ocurrido por accidente, que a mi no me gustaban los hombres y que el amor de mi vida era Carmen, con la que el sexo era algo maravilloso y no necesitaba más. Sin embargo la realidad era tozuda y soñaba con él, con su polla y con lo que habíamos hecho en aquel maldito aseo del restaurante. |