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-Ni se te ocurra – le gritó y a continuación le clavó las uñas en el pecho, bajándolas hasta el ombligo.
Él aulló tan fuerte que más parecía un perro lastimado por una gata en una pelea callejera, que alguien que está teniendo sexo. Pero ella se iba y se venía, cada vez que se daba cuenta de que su pareja podría hacer lo mismo, con crueldad repetía los rasguños.
Luego de jadear intensamente, ella se recostó sobre el pecho sanguinolento del amante, lo besó sobre la máscara y le dijo: “Ahora sí, vas tú…” |