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Empujé un poco más mi pie, deslizándome en el asiento y conseguí traspasar la inquebrantable barrera de sus muslos. Ella podría haberse levantado y podría haber salido corriendo. Pero no lo hizo. Mi pie desnudo se deslizó entre sus piernas, deliciosamente tibias y temblorosas, hasta dar con su sexo. Solo la tela me separaba de la victoria. |