Yo temblaba al estar a merced de mi objeto del deseo, sentada sobre mí, dominándome por completo. Su larga cabellera casi me cubría el rostro totalmente, como una deliciosa prisión con olor a lavanda. Si me iba a amar o a matar, ya nada me importaba.
La vi en unas fotos y me provocó, pero me enfurecí al saber que era su ex y fui pasando de los celos a la rabia, de la rabia a la inquietud y de allí al deseo más desbocado que había sentido en mi vida.
Olga tenía una vagina en proporción a su culo, un enorme coño caliente y chorreante en el que la mano entera de Ana desapareció sin ninguna dificultad, entrando y saliendo, follándola, llenándola...